jueves, 15 de febrero de 2018

Una injusticia no se subsana con otra


Os traigo hoy un artículo de Javier Marías, titulado Ojo con la barra libre y publicado en El País.

Lo he copiado tal cual, y lo suscribo palabra por palabra. Aquí tenéis el enlace:



MUJERES VIOLADAS, acosadas, manoseadas sin su consentimiento, todo eso existe y ha existido siempre, por desdicha. Que haya una rebelión contra ello no puede ser sino bueno. Pero hay demasiadas cosas buenas que hoy se convierten rápidamente en regulares, mediante la exageración y la exacerbación y la anulación de los matices y grados. El estallido se produjo con el caso Weinstein, cuyas prácticas son viejas como el mundo. Ya hacia 1910 se acuñó la expresión “couch casting” (“casting del sofá”), para referirse a las pruebas a que los productores de Hollywood y Broadway sometían a menudo a las aspirantes a actrices (o a los aspirantes, según los gustos). En el despacho solía haber un sofá bien a mano, para propósitos evidentes. La costumbre me parece repugnante por parte de esos productores (como me lo parece la de cualquier individuo poderoso), pero en ella no había violencia. Se producía una forma de transacción, a la que las muchachas podían negarse; y una forma de prostitución menor y pasajera, si aceptaban. “A cambio de que este cerdo se acueste conmigo, consigo un papel, iniciar mi carrera”. Pensar que la única razón por la que se nos dan oportunidades es nuestro manifiesto talento, es pensar con ingenuidad excesiva (ocurre a veces, pero no siempre). Con frecuencia hay transacciones, compensaciones, pactos, beneficios mutuos que entran en juego. La índole de algunos es repulsiva, sin duda, pero cabe responder “No” a tales proposiciones. Y tampoco hay que olvidar que no han sido pocas las mujeres que han buscado y halagado al varón viejo, rico y feo, famoso y desagradable, poderoso y seboso, exclusivamente por interés y provecho. No hay que recurrir a nombres para recordar la considerable cantidad de mujeres jóvenes y atractivas que se han casado con hombres decrépitos no por amor precisamente, ni por deseo sexual tampoco.
Ahora el movimiento MeToo y otros han establecido dos pseudoverdades: a) que las mujeres son siempre víctimas; b) que las mujeres nunca mienten. En función de la segunda, cualquier varón acusado es considerado automáticamente culpable. Esta es la mayor perversión imaginable de la justicia, la que llevaron a cabo la Inquisición y los totalitarismos, el franquismo y el nazismo y el stalinismo y el maoísmo y tantos otros. En vez de ser el denunciante quien debía demostrar la culpa del denunciado, era éste quien debía probar su inocencia, lo cual es imposible. (Si a mí me acusan de haber acuchillado a una anciana en el Retiro, y la mera acusación se da por cierta, yo no puedo demostrar que no lo hice, salvo que cuente con coartada clara.) De hecho, en esta campaña, se ha prescindido hasta del juicio. Las redes sociales (manipuladas) se han erigido en jurados populares, son la misma muchedumbre que exigió la ejecución de Jesús y la liberación de Barrabás en su día. Tal vez sean culpables, pero basta con la acusación, y el consiguiente linchamiento mediático, para que Spacey o Woody Allen o Testino pierdan su trabajo y su honor, para que pasen a ser apestados y se les arruine la vida.
La justificación de estas condenas express es que las víctimas no pueden aportar pruebas de lo que sostienen, porque casi siempre estaban solas con el criminal cuando tuvieron lugar la violación o el abuso y no hay testigos. Es verdad, pero eso (los delincuentes ya procuran que no los haya) les ha sucedido a todas las víctimas, a las de todos los crímenes, y por eso muchos han quedado impunes. Mala suerte. ¿Cuántas veces no hemos visto películas en las que alguien se desvive por conseguir pruebas o una confesión con añagazas, porque sin ellas es palabra contra palabra y perderían el juicio? Así está montada la justicia en los Estados de Derecho, con garantías; no así en las dictaduras. Por eso me ha sorprendido leer editoriales y “acentos” en este diario en los que se afirmaba que las injusticias derivadas de todo este movimiento eran “asumibles” y cosas por el estilo. Es algo que contraviene todos los argumentos que, desde Beccaria en el siglo XVIII, si no antes, han abogado por la abolición de la pena de muerte. La idea de los defensores de la libertad, la razón y los derechos humanos ha sido justamente la contraria: “Antes queden sin castigo algunos criminales que sufra un solo inocente la injusticia de la prisión o la muerte”. Ahora se propugna lo opuesto. Si la falta de pruebas contra los acusados se extendiera a otros delitos, y aquéllos dependieran de las volubles masas, se acabaría la justicia.
Dar crédito a las víctimas por el hecho de presentarse como tales es abrir la puerta a las venganzas, las revanchas, las calumnias, las difamaciones y los ajustes de cuentas. Las mujeres mienten tanto como los hombres, es decir, unas sí y otras no. Si se les da crédito a todas por principio, se está entregando un arma mortífera a las envidiosas, a las despechadas, a las malvadas, a las misándricas y a las que simplemente se la guardan a alguien. Podrían inventar, retorcer, distorsionar, tergiversar impunemente y con éxito. El resultado de esta “barra libre” es que las acusaciones fundadas y verdaderas —y a fe mía que las hay a millares— serán objeto de sospecha y a lo peor caerán en saco roto, haya o no pruebas. Eso sería lo más grave y pernicioso.

lunes, 5 de febrero de 2018

Bellinzona I

La apertura el año pasado del túnel de San Gotardo, con sus 57 km, nos puso la región del Tesino a tiro de piedra de Zug, y Bellinzona está a menos de una hora y media de tren. Demasiado cerca como para no volver a visitarla.




Aquél sábado de julio hacía calor, y como el sol pegaba de lo lindo, nos alegramos de haber empezado la excursión por la parte más difícil, ascendiendo a los castillos de Montebello y Sasso Corbaro, dejando para el final el de Castel Grande y algunas iglesias de la ciudad.
Hay una entrada combinada, pero solo merece la pena si vais a visitar las exposiciones temporales, ya que el acceso a dos de las fortificaciones y a las iglesias es gratuito. Solo hay que pagar por uno de los castillos y por la Villa dei Cedri, donde suelen hacer exposiciones de arte moderno.
Ninguna de esas exposiciones nos llamó la atención, aunque sí nos mereció mucho la pena comprar un librito que está cargado de historia y que detalla a la perfección los tres fuertes. Gran parte de la información que os traigo proviene de esas líneas, escritas por Werner Mayer y Patricia Cavadiné-Bielander.


Bellinzona se encuentra al norte de la región de los grandes lagos italianos: Maggiore, Lugano y Como, y es la puerta al valle que conecta Suiza e Italia. De ahí su importancia histórica y estratégica a lo largo de los siglos. La había visitado en 2007, cuando en un viaje por el norte de Italia nos adentramos en el país helvético para ver Lugano, Locarno y la propia Bellinzona.
El conjunto de construcciones militares es único en el mundo y ya solo por eso, la visita está justificada. Forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde el año 2000, aunque sus orígenes se remontan muy atrás. Ya en tiempos prehistóricos había asentamientos en la colina donde hoy encontramos la fortaleza de Castel Grande.



No obstante, la mayoría de los edificios militares que podemos visitar en la actualidad son fruto de la actividad desplegada por los duques de Milán a lo largo del siglo XV. Tras un corto ascenso, llegamos hasta el castillo de Montebello.




El conjunto de fortificaciones comprende tres castillos (que veremos en varias entradas) y una muralla que los conecta además de cerrar el valle en toda su amplitud, al tiempo que protegía la ciudad y sus habitantes. Como es de esperar, hacía falta una numerosa guarnición para defender todo esto; se estima que eran necesarios al menos 2500 hombres, dada su enorme extensión.
Seguimos ascendiendo, afortunadamente bajo la sombra protectora de algunos árboles, hasta alcanzar el segundo castillo, el de Sasso Corbaro.





Llegados a este punto, en vista del calor y de que había un emparrado realmente tentador enfrente de la capilla, nos tomamos una cerveza que nos supo a gloria.


No os voy a aburrir con toda la historia de Bellinzona, pero os podéis imaginar la importancia estratégica que tuvo este paso alpino para todos los contendientes a lo largo de los siglos, desde la batalla de Campi Canini en el 475 hasta que pasó a manos suizas en 1516 gracias al Tratado de la Paz Perpetua, por el que Francia entregaba la ciudad a los tres cantones fundacionales suizos: Uri, Schwyz y Nidwalden. Todo ello sin olvidar épocas aún más lejanas.
De vuelta en la ciudad, nos tomamos un estupendo helado; no en vano, Italia no se encuentra lejos, y su influencia se nota. Dimos una vuelta por el centro y nos acercamos al tercer castillo, el de Castel Grande.




Sin embargo, la historia no se detiene aquí, ya que a comienzos del siglo XX los monumentos estuvieron en riesgo de ser demolidos. Una providencial restauración, llevada a cabo entre 1920 y 1925, los salvó. Más tarde, entre 1982 y 2000, el arquitecto Aurelio Galfetti se encargaría de restaurar Castel Grande y Sasso Corbaro.
Todavía nos quedaban fuerzas para acercarnos a la Villa dei Cedri, donde se exponen obras de arte moderno. Antes, por el camino, pudimos ver otros edificios interesantes que han sido, sin embargo, engullidos por la ciudad, perdiendo a mi parecer parte de su atractivo.





El broche lo pusimos en la iglesia Santa María delle Grazzie, admirando sus estupendos frescos.



Todavía queda mucho por contar sobre esta población y sus monumentos, así que volveremos a visitarla en unos días.